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“La Pequeña Venecia”

Por Oscar Polanco

Santo Domingo es una ciudad que siempre logra encontrar semejanzas con otras ciudades del mundo. Con el metro y los edificios altos, nos convertimos en un “Nueva Yol Chiquito”, con la réplica de la Torre Eiffel, nos convertimos en París, y con los aguaceros de anoche, nos convertimos en una pequeña Venecia. Las torrenciales lluvias causadas por el paso de una vaguada, ni siquiera un huracán o tormenta, sumergieron en el caos a la mayoría de las calles y avenidas del área metropolitana de Santo Domingo, empeorando y extendiendo el ya cotidiano tráfico. En algunos casos, como en las avenidas Jacinto Mañon de Paraíso y en la Olof Palme de Los Prados, los vehículos estacionados en la vía pública quedaron completamente sumergidos, llegando a desbordar los estacionamientos soterrados de plazas comerciales y edificios residenciales tal como si fueran cisternas del desagüe público. Esto sumado a los ya recurrentes estragos que causa la más mínima precipitación en las comunidades que viven adyacentes a los ríos, arroyos y cañadas, las cuales están más acostumbradas a convertirse en refugiados climáticos cada vez que esto ocurre.
Sin siquiera entrar en los detalles del tremendo costo económico que tienen estos acontecimientos, la pregunta que pasa por la mente de todos es: ¿Cómo llegamos a esto? La realidad es que los acontecimientos de anoche no son algo nuevo para Santo Domingo, ni para otras ciudades y comunidades del resto del país. República Dominicana se enfrenta a la realidad geográfica de encontrarse en el “mismo trayecto del sol”, lo que, en palabras menos poéticas, significa que constantemente estamos expuestos al embate de fenómenos naturales, tales como vaguadas, tormentas y huracanes. En consecuencia, recibimos volúmenes de agua que serían inmanejables hasta para la misma Venecia, saturando los sistemas de alcantarillado y drenaje pluvial, en los casos/zonas donde al menos estos existen, y desbordando en los lugares donde el agua tiene menos resistencia: nuestras calles y avenidas.
Nos empecinamos en construir una ciudad impermeable, cubriendo con concreto y asfalto cada rincón verde. Previo a su urbanización, los terrenos donde hoy existe la ciudad, funcionaban como una enorme esponja que absorbía la lluvia y drenaba el excedente al mar a través de sus pendientes, arroyos y cañadas. Actualmente, la lluvia continúa buscando el camino de menos resistencia para llegar al mar, reclamando los espacios donde anteriormente circulaba y donde hoy viven miles de personas. Este es el caso de partes de Quisqueya, Los Prados y Fernández, por mencionar algunos, que se ubican en una especie de “bowl” o depresión donde desagua por gravedad toda la lluvia que cae alrededor, incapaz de ser absorbida por el suelo pavimentado. Sumemos a esto que un 70 % de Santo Domingo carece de drenaje pluvial (CAASD, 2020) y tenemos una receta perfecta para el repetir en la siguiente temporada de lluvias el caos que vivimos anoche.
Mapa 1. Cobertura del sistema de alcantarillado, Santo Domingo, 2020. Fuente: Corporación de Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo (CAASD)

Otro factor importante son las condiciones de quienes viven en estas zonas vulnerables a inundaciones. No es coincidencia que, en su mayoría, se encuentren habitadas por personas de escasos recursos en asentamientos informales. Estas comunidades crecieron, sin planificación o supervisión gubernamental, en los lugares “menos deseables” para vivir, a medida que la ciudad no fue capaz de satisfacer su demanda habitacional. En consecuencia, los drenajes naturales donde anteriormente circulaba el agua, hoy en día, se encuentran cubiertos por vertederos improvisados y construcciones ilegales, que, recurrentemente, son arrastrados con la corriente natural del agua. Algo tal vez irónico de todo esto es que, estas mismas comunidades donde va a parar toda el agua, una vez se acaba el temporal, son las primeras en tener problemas con el abastecimiento de agua en sus hogares. Esto pareciera indicar que, más que un problema de escasez, nos enfrentamos a un problema de gestión.
Cabe reconocer que, en respuesta a las necesidades inmediatas de estas comunidades, el Estado ha tomado medidas sobre el asunto. Parte de esto lo ha hecho rellenando y soterrando varios tramos de estos arroyos y cañadas, tales como Benavides en Domingo Savio, Guajimía en Herrera y Arroyo Hondo en Los Ríos y Cristo Rey, construyendo parques lineales con la esperanza de mitigar sus efectos negativos en sus comunidades adyacentes. Paralelamente, la construcción de la avenida Paseo del Río en Domingo Savio, en la cual el Estado no solo retiró las edificaciones que se encontraban sobre la orilla del río Ozama, sino que, también, construyó un espacio público con la capacidad de inundarse sin afectar la comunidad adyacente o su funcionamiento. De igual forma, se pueden considerar como “casos de estudio”: la construcción del drenaje pluvial en la avenida Núñez de Cáceres, que acabó con años de inundaciones en Las Praderas, y del sistema de aguas residuales en La Nueva Barquita, que funciona sin electricidad a base de plantas acuáticas. Estos son ejemplos, de que cuando existe voluntad política, es posible desarrollar soluciones sostenibles que mejoren el drenaje natural del agua.
No tenemos excusas, si en verdad queremos parecernos a otras ciudades del mundo, existen muchos buenos ejemplos, con los mismos problemas de inundaciones que tenemos, que ya están implementando iniciativas innovadoras de mitigación. Estas ciudades “esponja” han reconfigurado su infraestructura urbana, mediante la implementación de pavimento permeable y la restauración de sus cuencas fluviales (arroyos y humedales), para recuperar el flujo natural del agua en vez de pelear constantemente en su contra.
Cualquiera que sea el modelo, Santo Domingo necesita repensar la gestión de sus recursos hídricos si aspira a continuar siendo una ciudad competitiva y sostenible. Episodios como el de anoche no deben de quedarse en la indignación y caer en la indiferencia una vez pase la temporada ciclónica. Esta recurrencia nos llama a la prevención y a la construcción de ciudades más resilientes, que eviten, primero, la pérdida de vidas humanas, y segundo, la destrucción de bienes e inmuebles. Por tanto, es urgente, sobre todo de cara a los efectos del cambio climático, que repensemos a Santo Domingo para que nos adaptemos mejor a nuestra realidad geografía y climática. La ciudad que tenemos es el resultado de las acciones que tomamos o dejamos de tomar hace veinte años, así que, la que tendremos en el futuro será el resultado de lo que hagamos hoy.

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