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La tragedia haitiana

Por Julio Martínez Pozo

La crisis sempiterna de la vida haitiana se ha recrudecido en los últimos días después que se quitara la contención de los precios de los combustibles, y ya no sólo es pan diario el control de bandas que se sustentan del secuestro, tráfico de drogas, sicariato y cuantos ilícitos se puedan concebir, sino que el saqueo, la quema de neumáticos y la agresión a personas y propiedades han hecho huir despavoridas a las representaciones diplomáticas, de organismos internacionales y de entidades sin fines de lucro que prestan ayuda en ese país.

República Dominicana, que ha cerrado su embajada y sus consulados en Haití, está en estado de alerta. Luis Abinader acaba de regresar de Washington con la promesa del Banco Interamericano de Desarrollo, que cumpliría con un objetivo de mediano plazo, que no incide en solución del impasse actual: la construcción de dos maternidades en territorio haitiano con la finalidad de evitar que parturientas del vecino país sigan cruzando en masa a dar a luz a territorio dominicano.

Lo que no hay respuestas es para el aquí y ahora, que sin una intervención no hay la posibilidad de generar el espacio de estabilidad que permita dinámica económica y legitimidad política. Esa crisis representa el más grave desafío que tenga pendiente la República Dominicana y es un factor de desestabilización para la región caribeña.

¿Por qué un país proclamado en la aureola de una revolución muy sangrienta pero a la vez esperanzadora: la primera República negra independiente y antiesclavista del mundo, jamás ha servido como modelo ni de progreso ni de vida digna?

Por el contrario, un independentista como Luis Muñoz Marín, vivió la realidad haitiana en los años cuarenta y eso provocó cambios en su pensamiento. No podía ser lo que aspiraba para su país, por lo que de defensor de la independencia pasó a apóstol del Estado Libre Asociado.

No fue el primer visitante decepcionado, en 1870 había pasado lo propio con Frederick Douglass, el principal líder emancipador de los negros americanos, que al percatarse de la miseria en que estaba sumido el pueblo haitiano dijo muy apenado: “ Y si esto es todo los que mis pobres congéneres de color han logrado hacer en sesenta años, que Dios ayude a la raza”.

En su obra “De Dessalines a Duvalier, Raza, Color y la Independencia de Haití”, David Nicholls, ilustra sobre las razones de la inviabilidad del Estado haitiano:

“El paternalismo del sistema colonial se extendió en Haití hasta el período post colonial. Dessalines, Christophe y Pétion fueron todos nombrados como ‘padre’ de su gente, al igual que muchos jefes de Estado posteriores. ‘Papa Doc’ era un título que François Duvalier valoraba y cultivaba, y se mantuvo el mito de que él tenía un interés paternal y una preocupación por su gente. Aunque la retórica es la del paternalismo, la realidad es bastante diferente; el Estado es mucho menos paternalista que el estado de asistencia social en los países de Europa Occidental”.

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